Recuerdos de la infancia

En mitad del sueño, la voz de nuestra madre nos había despertado.
¿Mamá? ¿Mamá había venido? Cada una de sus visitas era intensa, mágica y… algo más que no sabía definir por aquel entonces.

Mi hermana mayor ya estaba de pie y me hizo una señal para que me mantuviese callada. Espiaba desde el dintel de la zona de literas las voces que nos llegaban de la sala común. Susurrantes, apremiantes y llenas de ansia.

– ¿Cómo has logrado entrar? – esa era la voz susurrada de mi padre. Toda sorpresa.

Nos asomamos despacito por la puerta. Sí, nuestra madre había venido en mitad de la noche. Sin avisar, sin cortarse. Vestía su traje de vuelo granate. Volcaba todo su sentimiento en mi padre. Agarraba las solapas de su chaqueta y, con los dientes apretados y los ojos llenos de ira, le decía: “Eso no importa. ¡Salid de aquí ahora! Vienen…”

Era la primera vez que veía a alguien gritar en voz baja.

Mi padre cogió las manos de ella. Se llevó la mano derecha de ella a los labios y besó sus dedos enguantados dentro del traje de vuelo. En ese momento, vi cómo toda la construcción de agresividad e ira que había armado mi madre se derrumbaba.

– No puedo marcharme – dijo mi padre – . Estamos tan cerca… ¿Estás segura de que…?

Mi madre sacudió las manos, librándose de las de él.

– ¡¡Por el amor del cielo!! – esta vez no intentó gritar en voz baja – . ¡Si no te marchas déjame al menos sacar a mis hijas de aquí!

En ese momento, mi hermana echó a correr hacia la escena y se abrazó a las piernas de mi madre.

Mi madre se agachó y la cogió en brazos. Miró alrededor buscándome y yo salí al fin de mi escondite y me uní al abrazo.

– Mis niñas… – dijo.

El siguiente recuerdo que tengo es el de correr descalza por los pasillos y las alarmas sonando por todo. O más bien mi padre y mi madre corrían arrastrándonos tras ellos. La baja gravedad de la estación hacía que las dos pequeñas de la familia tocásemos el suelo cada diez metros. Todavía estábamos en pijama. En otro momento aquello me habría parecido delicioso, pero el miedo que notaba en mi madre hacía que yo tuviese ganas de llorar. Las paredes resonaban con retumbantes golpes metálicos y podía notar vibraciones cada vez que tocaba el suelo.

Había una puerta grande, que se abrió para darnos acceso a un hangar donde se posaba una Cobra MK3. Mi madre nos abrazó con mucha intensidad un corto instante, aferró el rostro de mi padre y le besó.

 El piloto os está esperando. Dile que te envía Lucifer y ayúdale con las comunicaciones.

Mi padre aferró la mano de mi madre al intuir lo que significaba aquello.

– ¿No vienes?

Ella se sacudió su agarre.

 Si no salgo a volar, vosotros no tendréis ninguna oportunidad.

Lo siguiente que recuerdo es el interior de la Cobra. Yo estaba en pie, en la puerta de acceso a la cabina de mando observando aquel lugar.
Dos asientos, de espaldas a mí, una ¿mesa?, que me parecía muy alta, metálica con luces y cosas que brillaban en ella. Un techo de cristal inclinado. Al otro lado se veía una pared metálica sosa y aburrida.

Oí la voz de mi padre. Provenía de una de las sillas, así que supuse que estaba sentado en ella aunque yo no lo veía.
 … radar, siete naves hostiles… Viper, viper, Federal Assault Ship… Señal de misil…
Había más voces en la cabina, provenían de la radio. Todas parecían asustadas y en plena emergencia. Oí explosiones tras ellas.

En ese momento, la pared metálica tras el cristal giró bruscamente. Yo me caí de lado y golpeé el dintel con la cabeza. Mi padre se volvió al oírlo y me vio. No dijo una palabra… Se descinchó, corrió hasta mí y me levantó del suelo mientras los sistemas del hangar nos elevaban hacia el exterior.
– Cuando estemos a salvo te vas a llevar un castigo tremendo.
Yo no le creí. Noté en su voz que no quería castigarme.

Recuerdo, perfectamente, salir a la superficie sentada sobre las piernas de mi padre, en el asiento del copiloto. Había un hombre que no conocía en el otro asiento, pilotando. No recuerdo su cara.
Vi desplegarse ante mí el negro del vacío, las estrellas… y las explosiones.
No era una estación Coriolis.
Habría recordado las naves adheridas al “techo” al entrar en los hangares.
Habría recordado el buzón.
No era una Coriolis.

 No lo vamos a lograr – dijo el piloto liberando la nave de los anclajes.

Recuerdo los gritos por la radio, las luces de las explosiones, los láseres… Mi padre y el piloto intercambiando cortas indicaciones… El miedo y la determinación de los dos hombres cuando los láseres confluyeron en nuestra nave. El cielo giró loco ante nosotros.

Hubo una voz de alarma en la radio: “¡¡ Lucifer está en el aire !! Cuidado.”

Las sacudidas sobre nuestra nave cesaron. La cobra se lanzó hacia adelante y la aceleración me pegó al pecho de mi padre.

Se oyó una cuenta atrás en la cabina… Y entonces… El cielo hizo algo raro y nos metimos en un túnel. Recuerdo los sonidos, eran como voces aullando o cantando.

Tras unos cuantos saltos, empecé a cantar la cuenta atrás junto a la IA y a gritar “uiiiiiiiii” cuando entrábamos en el Witchspace. Mi padre rió una de esas veces y el piloto comentó que yo tenía el alma de un pájaro.

Mi último recuerdo de aquello era estar los cuatro: mi padre, mi hermana, el piloto de cuyo rostro no logro acordarme y yo, observando un planeta desde la cabina de la Cobra. Era el planeta más bonito que había visto nunca. Azul, verde, blanco, luminoso. Alrededor tenía lo que me pareció una corona. En realidad eran anillos: un planeta tipo tierra con anillos.

Mi hermana preguntó:
– Papá, ¿dónde estamos?
 Estamos en el sistema Maya. Ese es el quinto planeta y antes de ir a la estación vamos a necesitar nombres nuevos y no usar nunca más los viejos, ¿de acuerdo?
Mi hermana levantó la mano, toda entusiasmo.
– Quiero llamarme Rianon, como la reina del cuento.
Mi padre asintió.
– Vamos a repetir el nombre de tu hermana veinte veces para acordarnos.
Y lo repetimos.
– Tú, ¿qué nombre nuevo quieres?
Yo solo tenía ojos para esa preciosidad azul, flotando ante mí.
Quiero llamarme Maya.

Y repetimos mi nombre veinte veces para no olvidarlo.

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